Gracias al vóley, hijos de hacheros descubrieron el asfalto y el inodoro.


El Tuscal es un rancherío desordenado que cubre el rostro de su pobreza de adobe y paja con un velo gredoso y la espesura seca y achaparrada del monte serrano, en el norte cordobés. En ese paraje olvidado del departamento Tulumba, no hay agua potable ni electricidad. El único televisor particular y el único teléfono público disponible para las 30 familias que viven en ese lugar desolado, a orillas de las Salinas de Ambargasta, funcionan con energía solar. Aprovechan así un recurso natural dadivoso: durante el año, hay 350 días de insolación. En las estaciones cálidas, la temperatura media es de 40 grados.
El Chagas, las parasitosis y el alcohol hacen tanto estrago como el hambre y otras calamidades en la salud de los hacheros y peones rurales "niños y adultos", que dejan jirones de vida a diario a cambio de un puñado de monedas. Les pagan 30 ó 40 pesos por un carro completo de leña o un jornal de miseria.
Sin embargo, en esa población dispersa que depende del municipio de Lucio V. Mansilla, hay lugar para abrigar sueños y alimentar la esperanza.


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    En esa apuesta tiene mucho que ver una familia de Deán Funes convencida de 
    que los tuscalenses pueden mejorar su calidad de vida e integrarse a través 
    del deporte. Y no sólo eso: lograron que los chicos del lugar pudieran 
    viajar a jugar Deán Funes, en donde descubrieron el asfalto o el inodoro, 
    entre otras cosas.
    
    
    Crecer jugando 
    
    Miguel "Pocho" Quintana es empresario de la construcción. Vive en Deán Funes, 
    ciudad en la que nació hace 45 años y de la que sólo se distanció cuando se 
    vino a Córdoba a estudiar ingeniería civil en la UNC. 
    En 2007 ganó una licitación de la Nación para recuperar y ampliar el edificio 
    del dispensario "Dr. Arturo Illia", que funciona en El Tuscal, frente a la 
    escuela rural Miguel de Güemes. 
    "Iba a la noche a controlar la obra porque el calor no se soportaba", le dice 
    a La Voz del Interior durante el viaje hacia aquel paraje. En el baúl del auto 
    lleva caramelos, golosinas y cinco docenas de facturas para repartir entre los 
    pibes. "Ver a muchos chicos descalzos que llegaban a la escuela a pie o a 
    caballo bajo el sol abrasador y escuchar los comentarios de los médicos que 
    los atendían de vez en cuando, me partían el alma", comenta este ex integrante 
    del equipo de vóley del Hindú Club, de Córdoba.
    El año pasado decidió regresar a El Tuscal. Esta vez, con la intención de 
    ofrecerles a los chicos "la posibilidad de sentir las emociones que producen 
    los triunfos y las derrotas deportivas, que nos ayudan a crecer como personas", 
    dice Quintana.
    El proyecto se llama "Crecer jugando" y lo puso en marcha en mayo de 2009. 
    Empezó con 20 pibes y hoy practican vóley más de 40. 
    
    
    Balance gratificante. 
    
    La experiencia ya cumplirá un año. Como buen empresario, Quintana hace un 
    balance: "Pese al esfuerzo que comparto con mi esposa (Doris) y mis hijos 
    (Fabrizio y María Lucía, de 16 y 8 años) y a que la plata para esta locura 
    sale de mi bolsillo, las cosas simples con las que me gratifican estos 
    muchachitos compensan el sacrificio", afirma en tono convincente.
    Asegura que mejoró sensiblemente el rendimiento escolar de los chicos, que 
    muchos padres se integraron a la propuesta y que es "notable la participación 
    creciente y el compromiso" de todos.
    Entrenan dos veces por semana (miércoles y domingo) en las dos canchas de 
    tierra que hicieron en el patio del rancho de Rosario Ramírez, una suerte de 
    patriarca del lugar. Es el único que tiene televisor en el pueblo y en su casa 
    se instalaron paneles de energía solar para alimentar también el teléfono público.
    Además, en un claro entre los corrales de las cabras hicieron una cancha de fútbol.
    Allí, los domingos a la mañana, mientras los jugadores y algunas madres hacen 
    movimientos físicos y de coordinación antes de los partidos, varias mujeres hacen 
    pan casero en horno de barro.
    Fuera del predio, seis padres hacen tiempo conversando a la sombra de un algarrobo 
    añoso. Es que en el espacio destinado a los chicos, nadie puede fumar ni consumir 
    alcohol. 
    Es fácil para el visitante darse cuenta que esa parcela de campo árido demarcada 
    con un alambrado flojo y precario es el centro de las actividades sociales y 
    recreativas de El Tuscal. 
    También, la sede de la alegría de un grupo de chicos y jóvenes que a los saltos 
    y revolcones crecen jugando y avanzan por la vida llenos de ilusiones. 
    
    
    Puntos de vista:
    
    Maxi Zapata (12)
    Hijo de hachero 
    
    “Me gusta jugar al vóley y me encantaría ir a jugar de nuevo a Deán Funes 
    o a Córdoba. También, que algún día venga algún equipo grande a jugar acá”. 
    
    Jacqueline Díaz (9)
    Alumna de Escuela Güemes 
    
    “Vengo con ganas a jugar porque me gusta mucho. Ahora también jugamos en 
    la escuela en los recreos. Me gusta sacar fuerte y hacerla sacar por la red”. 
    
    Rafaela Ramírez 
    Enfermera y madre de dos chicos de El Tuscal 
    
    “El vóley les está enseñando a los chicos a compartir. Mis hijos andan 
    mejor en la escuela desde que juegan. Sería bueno tener una cancha mejor”. 
    
    Luis Zapata (42)
    Hachero 
    
    “Cuando puedo, vengo a acompañar a mis tres hijos. Los veo contentos. 
    Siempre me cuentan que 'Pocho' les regala caramelos y facturas con dulce 
    de leche”. 
    
    
    Héctor Brondo - La Voz del Interior
    
    

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